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"La vida, como la fotografía, consiste en positivar lo negativo"

Noviembre de 2017

Marruecos

Mi primer contacto con África

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La gigantesca medina de Fez.

 ¡! Nos vamos a Marruecos ¡! Tras hablar y buscar una fecha propicia, nos decidimos a cruzar el estrecho y plantarnos en África. Un viaje que tenía muchas ganas de realizar, otro país más, otro continente más...Tenía mucha ilusión por perdernos por las callejuelas de las medinas de Marrakech y Fez, me resultaba muy emocionante. Pisé por primera vez suelo africano. Pero, al final, la casi nula predisposición de los marroquís a dejarse fotografiar y las restricciones a las mujeres para ver algunos edificios, hizo que fuese un viaje algo pobre a nivel fotográfico y frustrante a nivel personal. 

  El recorrido del viaje nos llevó por las siguientes localidades: 

   Etapa 01 : Astigarraga - Santander - Marrakech
  Etapa 02 : Marrakech
  Etapa 03 : Marrakech
  Etapa 04 : Marrakech - Fez

  Etapa 05 : Fez
  Etapa 06 : Fez
  Etapa 07 : Fez - Marrakech
  Etapa 08 : Marrakech - Santander - Astigarraga

  Tras recorrer los 200 Km desde Astigarraga a Santander en coche, volamos hasta Marrakech (1.300 Km en línea recta). Después, hicimos en tren los 550 Km que separan Marrakech de Fez que, a la vuelta, hicimos en avión. En total unos 3.700 Km de recorrido hipotético, en esta primera incursión por el continente africano.

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Mapa del recorrido.

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Astigarraga - Santander - Marrakech

   Habíamos hablado varias veces de este viaje, ya que, a los dos nos apetecía mucho hacerlo. Yo tenía ganas de pisar África y cuando la idea fue tomando cuerpo y concretamos la fecha, me volvió a entrar esa ilusión y esas ganas de despegar que me invaden siempre que organizamos un viaje. Tras el seguimiento del precio del vuelo, con el Google Flights, el buscador que suelo 

usar, concretar los lugares de hospedaje y consensuar la ruta a seguir, había llegado el momento de partir.

  Encontré un vuelo directo con Ryanair a muy buen precio... (86€ los dos / ida-vuelta) que nos llevaba desde Santander hasta Marrakech en apenas 2 horas y cuarto. Así que, a las 12:30 horas del mediodía, salimos en coche dirección Santander. Tardamos algo más de dos horas en llegar desde Donostia al aeropuerto y como el vuelo salía a las 17:40, nos dio tiempo a comer tranquilamente. 

La info del vuelo.

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  No facturábamos, así que podíamos andar sin agobios. Ya hemos aprendido a quitarnos el "por si acaso" de encima y volamos con lo imprescindible en una maleta de cabina. De todas formas, en esta compañía aplican la política de que sólo las noventa primeras maletas tienen asegurado el espacio arriba, el resto viaja en la bodega, pero, sin gastos de facturación y ese fue nuestro caso. Eso sí, la mochila con el equipo fotográfico viajará siempre pegada a mí...

  El vuelo FR1353 despegó con unos diez minutos de retraso en uno de los  Boeing 737 que usa esta compañía. Fue tranquilo y, ya de noche cerrada, a las 19:00 hora local, aterrizábamos en el aeropuerto de Ménara, pegado a la ciudad de Marrakech, a apenas unos cinco kilómetros del mismo centro urbano.

  Marruecos, es un país soberano situado en el Magreb, al noroeste de África y que ocupa parte del Sahara Occidental. Su nombre procede de la antigua capital imperial Marrakech, proveniente de la expresión bereber que significa "Tierra de Dios". Logró su independencia política de Francia y de España el día 2 de marzo de 1956. 
Las ciudades más importantes de Marruecos son:

* Casablanca   : con 3.360.000   habitantes
* Fez              : con   1.112.000   habitantes
* Tánger         : con    950.000   habitantes
* Marrakech   : con    930.000   habitantes
​* Meknes        : con    635.000   habitantes
* Rabat           : con    575.000   habitantes

  El país en su gran mayoría (98,3 %) abraza el islam como religión. El islam llegó a este territorio en el año 682. Coexisten con el islam algunas minorías como la cristiana (0,6 %) y la judía (1 %). 

  * Marruecos cuenta con cuatro ciudades imperiales:

.- Rabat: la capital de Marruecos. Situada a orillas del Atlántico.
.- Marrakech: es la más hermosa y también famosa de las ciudades imperiales, además del lugar más visitado del país. Fundada en 1062 por       los almorávides, fue la capital del imperio islamita durante el siglo XI.
.- Fez: es la más antigua de las cuatro ciudades imperiales, ya que fue fundada en el 789, pocos años después de que los árabes iniciaran su       expansión por el norte de África, tras la muerte de Mahoma. 
.- Meknes: la menos célebre de las imperiales, fue capital de Marruecos por un corto período de 55 años, cuando la convirtió en la principal       ciudad del reino el sultán Moulay Ismail en 1672.
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La bandera y el escudo de Marruecos.

  La moneda oficial de Marruecos es el dirham, con código MAD. En la fecha que nosotros fuimos, noviembre de 2017, el cambio estaba de la siguiente manera:

1 € = 10,8 dirhams

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Colección de billetes y monedas de Marruecos.

   Después de esta pequeña presentación, seguiré con mi Diario de Viaje...

​

  ¡! Por fin pisaba suelo africano ¡! Rosa ya había estado en África, ya que, hace unos años estuvo en Egipto, pero, para mi era la primera incursión. Pero... Todavía quedaba la cansina rutina de los controles, el papeleo y una larga espera de algo más de una hora para salir del aeropuerto. Tras ello, junto a la parada de taxis, nos esperaba pacientemente el hombre que nos trasladaría hasta la plaza Jemaa el-Fna, en la entrada a la medina. Cruzamos unas palabras "chapurreando" entre español e italiano, idioma este último, que él manejaba perfectamente y nosotros entendíamos por similitud al castellano.

  La noche ya había caído sobre la ciudad y el bullicio inundaba por completo todo el espacio que ocupa la plaza. A eso de las 20:30 llegamos al riad Etoile d´Orient, en el mismo corazón de la medina.​

​En el número 52 de la calle Derb Moulay Abdelkader se encuentra este maravilloso riad. Dicho así parece sencillo de encontrar, ¿verdad?... Pues si no te enseñan donde está el callejón para pasar de la calle Derb Dabachi que es la principal, hacia la calle paralela donde está el alojamiento, no acertarías jamás.
  Allí, en el
hall que se ve en la fotografía, nos recibió Ismael, un joven muy agradable y educado. Nos ofreció un té moruno y unas pastas mientras hacíamos el check-in y fotocopiaba los pasaportes. Luego, nos enseñó las instalaciones y, tras dejar las cosas en la habitación, salimos a meternos de lleno en el bullicio de la medina y cenar algo en la plaza.
  Dimos una pequeña vuelta de reconocimiento, ubicando los puntos estratégicos y echando un vistazo general. Al final, nos decantamos por un restaurante en la terraza de un edificio frente al Café de Francia. El lugar se llama Rte. Grillade Montassir. Pedimos una ensalada marroquina y un tajín de pollo al limón. 

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  Allí nos encontramos con la primera "pega"...

¡! No había cerveza para cenar ¡! A mí, que soy abstemio, no me supuso nada, pero, reconozco que, a la persona que le gusta tomarse una cervecita en sus ratos de ocio, al sentarse relajadamente le puede fastidiar un poco.

El hall del riad y su tarjeta de visita.

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  Pagamos en euros, ya que no habíamos tenido tiempo para cambiar a dirhams. De todas formas, en el restaurante no nos pusieron ningún inconveniente. Tras la cena, dimos un pequeño paseo antes de retirarnos a descansar. Nos habíamos levantado temprano, muy temprano y ambos habíamos trabajado hasta mediodía, es por eso que, el cansancio hacía mella...
​Tranquilamente, volvimos hacia el riad, buscando el merecido y anhelado descanso.

Los platos que pedimos para cenar.

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Vista de la plaza Jemaa el-Fna desde la terraza del restaurante Grillade Montessir.

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  La Medina de Marrakech es, desde 1985, uno de los sitios Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. En su interior alberga un gran zoco que, en sí mismo, es una gran explosión de vida. Esta zona histórica de la ciudad, fundada originalmente entre los años 1070 y 1072 por los almorávides, fue distinguida por su inmenso valor cultural y arquitectónico, albergando grandes tesoros como la mezquita Koutubia, las murallas y puertas monumentales y la famosa y vibrante plaza de Jamaa el Fna.

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 Marrakech

  Nos levantamos a las 08:00 con las pilas cargadas y con muchas ganas de callejear. Subimos a desayunar a la terraza del riad. La mañana era fresca pero muy sana, no hacía frío. El sol se levantaba ya por el horizonte y desde la azotea se empezaba a ver el ajetreo en las calles de la medina que, poco a poco, se ponía en movimiento. Ismael, muy atento con sus huéspedes, nos enseñó

el acogedor espacio que teníamos a nuestra disposición. Yogures, cereales, gran variedad de frutas como dátiles, plátanos, granada, manzana, melón, tarrinas con mantequilla, mermelada y miel, bollos, fiambres variados, café, leche y té, componían un exquisito y abundante buffet libre. Tras sentarnos a la mesa nos trajo un zumo de naranja recién exprimido y nos preguntó si queríamos una tortilla. Yo, como de costumbre, prefiero desayunar con un cuenco de yogur, cereales y fruta. En esta ocasión le añadí unos dátiles... (Soy muy goloso), pero sabía que luego, "pateando", lo iba a quemar todo. Una tostada con mantequilla y un par de cafés cortados completaron el avituallamiento. 

  Subieron a la terraza dos mujeres y se sentaron junto a nosotros. Hablaban castellano y cambiamos impresiones. Nos comentaron que les habían despertado los rezos del almuecín a las cinco y media de la madrugada. Nosotros, quizá por el cansancio que traíamos o tal vez por la ubicación de la habitación dentro del riad, el caso es que no habíamos oído nada... 
  Tras el copioso desayuno y la tertulia, bajamos a lavarnos los dientes, coger las máquinas y... ¡! A la calle ¡!

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La plaza Jemaa el-Fna, a primera hora de la mañana, lucía aún casi vacía... Pronto comenzaría el bullicio.

  Las callejuelas de la medina estaban aún casi vacías. La vieja ciudad despertaba lentamente del letargo de la noche. En la plaza apenas había movimiento pero, en menos de una hora, como atraídas por una gran fuerza magnética, cientos de personas se irían concentrando en ese espacio, centro neurálgico de la vida de la medina y por ente, de la vida de Marrakech. 

  Lo primero que hicimos fue ir al banco a cambiar dinero. En muchos sitios te admitían euros, pero, era más limpio, a la hora de coger el cambio, hacer las compras en la moneda local. ​

​  Tras llenar nuestras "arcas" de moneda del país nos dirigimos, atravesando nuevamente la plaza, a las calles que componen el viejo zoco de la medina. En una de las primeras tiendas vi la equipación de la selección marroquí de fútbol y, como en cada país extranjero al que viajo, la compré para mi hijo Iosu. Era el primer contacto con las compras. Nos habían dicho que había que regatear bastante, que según en qué cosas podíamos bajar el precio hasta un tercio de lo que en principio pedían. Ahí estaba yo, con lo torpe que soy para esas cosas...

  Un crío de apenas quince años, me enseñó tres conjuntos, rojo, verde y blanco. â€‹    

- ¿ Cual es el oficial de la selección ? -le pregunté.   

- Verde -me dijo el crío. ( Después, he mirado en Internet y es verde con las medias rojas ).    

- Pues me llevo la verde. ¿ Cuanto me pides ?   

- 400 dirhams.   

- No, amigo, es muy caro.   

- ¿ Cuanto das ?   

- Te doy 150 dirhams.   

- ¡ Nooooo, sir ! ... 400 dirhams. Es precio oficial -me decía, enseñándome el escudo de Adidas.   

- No, pues nada -le dije, dándome media vuelta.   

- 350 dirhams y tuyo.   

- No... 150, no más.   

- 300 dirhams, sir.   

- No, te doy 200, más no.   

- Dejamos en 250.   

- No, no... 200 dirhams, no más.   

- Está bien... 200 dirhams.   

- OK, 200.

  Bueno, no había ido mal... La primera compra y un regateo bastante decente. Qué igual se puede pagar menos, pues quizás sí, pero algo menos de 20 € por un conjunto de camiseta y pantalón, cuando aquí te piden 80 €, sólo por la camiseta de cualquier equipo, me parecía buena compra. Será imitación, seguramente sí, pero, para que el crío corra en los entrenamientos es más que suficiente. Tras la compra de la equipación de fútbol nos metimos de lleno en el zoco por la calle situada más al oeste de la plaza, por Souk Njarine, callejeando en dirección a la Madrasa Ben Youssef. 

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El color inundaba los callejones del zoco, pero, la gente era reacia a dejarse fotografiar.

  Hacía una preciosa mañana, con 17º de temperatura, ideales para pasear, sin prisas, entre los cubiertos callejones del zoco. El zoco es un inmenso mercado a pie de calle. Los callejones más estrechos se cierran de lado a lado con telas, cubiertas de mimbre o cañizos, protegiendo la ropa y los artículos de venta de la meteorología, tanto del sol, como de la lluvia. Por el contrario, en las calles más anchas la vida parece expandirse y se llena de puestos ambulantes de comida, mujeres tatuando con henna o niños vendiendo tabaco... Así, recorriendo plácidamente las callejuelas del zoco, llegamos hasta la madrasa.

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El zoco de la medina era un hervidero de gente.

  La Madrasa de Ben Youssef es un edificio anejo a la mezquita del mismo nombre. Alberga algunos de los más bellos ejemplos de arte y arquitectura de Marruecos. La madrasa, donde más de 800 estudiantes memorizaban el Corán, fue fundada por el sultán Abou al Hasan en el siglo XIV. Sin embargo, fue totalmente reconstruida por los saadíes, quienes dejaron una mayor muestra de arte y arquitectura en la misma. En el centro de la madrasa se dispone un gran patio de abluciones con una alberca central.
La palabra ablución viene del latín y significa "lavado". Es una purificación ritual de algunas partes del cuerpo antes de algunos actos religiosos.
El agua es un símbolo de purificación en muchas de las principales religiones:

  • En el judaísmo, Mikvé es la ubicación requerida para un baño ritual de pureza.

  • En el cristianismo, el agua se utiliza para el bautismo (bautismo deriva del griego baptizo, lavar, sumergir).​ 

  • En el hinduismo, el agua tiene poderes de purificación.

  • En el islam, el agua se utiliza para purificar al creyente durante abluciones anteriores a la oración, o Salat.

Las abluciones y la noción de pureza ritual son parte importante del islam.

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La arquitectura árabe, con sus preciosos arcos de herradura, sus patios y engalanados adornos, testigos de una pasada época de esplendor.

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Adornos  en las columnas y tallas en madera visten la madrasa.

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  Los edificios están hechos de madera de cedro con estuco y azulejos de colores. La sala de rezos posee una de las decoraciones más exuberantes del conjunto, usando piñas y palmeras para la decoración del mihrab que es como se designa al nicho u hornacina, que en las mezquitas indica el lugar hacia donde hay que mirar cuando se reza. Consta de un pequeño espacio interno precedido por un arco que, normalmente, es de herradura. En toda la madrasa hay numerosas inscripciones de las cuales la más común es la basmala.

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Ejemplo de una basmala.

  La basmala es una fórmula ritual islámica con la que se inician las suras o capítulos del Corán y que los musulmanes utilizan también para iniciar distintos tipos de documentos o acciones, así como motivo ornamental.

  Dejamos atrás la madrasa y nos dirigíamos al museo de la fotografía de Marrakech, sito al lado de la Mezquita Ben Youssef, cuando un hombre nos sacó de nuestro camino y nos dirigió a la zona de los curtidores. 
​ 
- Solo hoy, amigo, mercado bereber... museo abierto todos los días...

  Sin saber como, nos vimos guiados por un tipo hacia la zona de las tanneries o barrio de los curtidores. Antes de entrar nos ofrecieron un ramillete de menta, del que enseguida entendimos su significado. El olor allí dentro era bastante desagradable y me imagino que el trabajo, por lo que pude ver, no es de lo más agradecido...

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Las bañeras con cal y colorantes para limpiar y teñir las pieles de vaca, cordero y camello.

  Mi compañera no pudo aguantar el olor penetrante y putrefacto de la carne en descomposición que se descuelga de las pieles en el proceso de limpieza de estas y se marchó a las primeras de cambio. Yo, ya que estaba allí dentro, aproveché para intentar hacer fotos, pero en cuanto algún operario me veía apuntar con mi cámara, ponía el grito en el cielo y reprochaba mi actitud. Estas dos fotos son robadas, sin saber ellos que disparaba. Una verdadera pena...

   Haciendo gala de mi "gatuna" curiosidad, aguanté estoicamente la explicación de aquel tipo sobre el proceso que se sigue para el tratamiento de la piel. Es una laboriosa tarea; primero se meten las pieles en cal viva durante dos semanas, para que se desprendan los pelos y los restos orgánicos que quedan adheridos a ellas. Utilizan unos grandes huecos que hacen en el suelo en forma rectangular. Transcurridas estas dos primeras semanas, meten en cada "bañera" excremento de paloma y orín de vaca para, curiosamente, eliminar los olores que aún conserven las pieles. Después, en otra zona, las sumergen con distintos productos para teñirlas. Según me dijo, sólo usan productos naturales: henna para el marrón, flor de amapola para el rojo, menta para el verde, azafrán para el amarillo, índigo para el azul, antimonio para el negro... Esto me imagino que sería en la antigüedad, porque, por ejemplo, viendo el actual precio del azafrán, una cazadora amarilla valdría más que un riñón de contrabando, pero, bueno eso es lo que el tipo aquel me dijo.
   El último paso en todo el proceso es dejarlas secar al sol y una vez secas, ya están listas para su venta. Como podéis imaginar, en los alrededores hay infinidad de tiendas que trabajan estas pieles recién tratadas y en un segundo cinturón están las tiendas para vender el producto terminado.
  Un curioso proceso para que nos lleguen a nosotros los bolsos, cazadoras, carteras y cinturones...

   
   Salimos del barrio de los curtidores a la hora en que salían los niños y niñas de la escuela. El ajetreo en la calle era excitante. Los críos, como críos que son en todas las partes del mundo, se acercaban a curiosear y, en modo de juego, nos ofrecían sonrisas y bromas. 
¡! Qué pena que esa inocencia y esa naturalidad desaparezcan con el paso de los años ¡!

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A mediodía, el trajín era impresionante: niños que volvían del colegio, madres comprando y cientos de puestos abarrotados.

  Volvimos a adentrarnos en el zoco, en dirección a la plaza Jemaa el-Fna, con intención de comer en algún "chiringuito". La imagen de las carnicerías, sin refrigeradores ni cosa parecida, no era muy seductora a la hora de elegir carne para comer, pero bueno, tampoco hacía un calor excesivo. Otra cosa será en pleno verano...

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Los puestos de carne abiertos al público, sin cámaras frigoríficas ni nada. ¡! Uf ¡! Como vayan los de Sanidad...

​  Ni tan siquiera a diez metros de distancia te perdían de vista en su afán de no dejarse fotografiar. Como se ve en la imagen, el hombre se queja porque estoy fotografiando la escena del descanso para el té moruno.

  Las fotografías no es que sean de lo más técnicas que yo haya hecho, pero visto lo visto, no se puede pedir mucho más. Rostros curtidos por el sol y los años, mujeres envueltas en sus burkas, enseñando unos ojos de un negro infinito, madres con sus niños, chilabas de todos los tipos y colores... Un verdadero paraíso que no podía disfrutar.

  Es el país que he pisado, donde menos permisivos son a la hora de posar para la cámara. Es así y hay que aceptarlo pero, después de pasar por India, Nepal e incluso China, donde todos posaban con una gran sonrisa, me vine de Marruecos un poco frustrado con el tema de la fotografía.​

​   Se hizo mediodía y los cánticos del almuecín llamaban al rezo. Los fieles, descalzos y de rodillas en dirección a la Meca, hacían el gesto llamado salah ó salat que es una reverencia dando gracias a Alá.

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El hombre quejándose por las fotos.

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La hora del rezo en el zoco.

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Los arcos de entrada al zoco.

  Mientras tanto, para los gatitos era la hora del almuerzo y buscaron a su madre para reponer fuerzas antes de seguir haciendo de las suyas entre los bolsos de cuero y los cuencos de cerámica... 

  Nosotros seguimos nuestro camino hacia la plaza recorriendo el zoco de norte a sur, empapándonos de los olores que salían de los puestos de comida y de las cafeterías adyacentes. Encontré una máscara africana y la compré para la colección de mi hermana mayor. De cada país exótico, donde aún encontramos máscaras de este tipo, le traigo una para su colección. Creo que pude haber regateado más, pero... Poco a poco el apetito se iba despertando... Era hora de comer.

Los gatitos también querían almorzar...

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Los bazares de la medina llenaban cada rincón de la medina de formas, materiales y colores.

   Vimos un puesto donde vendían pescadito frito. La verdad es que tenía muy buena pinta, pero, lo pasamos de largo sin saber todavía dónde pararíamos a comer. Después, ya era tarde para volver atrás y, ese día, nos quedamos con las ganas de probar el pescado.

  Al final, llegamos a la plaza y nos decantamos por subir a la terraza del Café de Francia. El día avanzaba inexorable y en Jemaa el-Fna se había instalado ya el "hormiguero" de todos los días. Miles de personas de acá para allá, cientos de actuaciones, puestos de todo tipo...

  Eso es Marrakech.

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La plaza en pleno bullicio y el tajín que comimos a mediodía.

  En el Café de Francia nos atendió un señor muy amable. Hablaba, además del árabe, francés y chapurreaba el italiano y algo de castellano. Nos entregó la carta y, como no había cerveza, pedimos agua para beber. Rosa echaba en falta su cervecita...

  Elegimos un tajín de pollo con uvas y almendras y una ensalada. Después tomamos un café mientras contemplábamos el bullicio que se movía abajo... Era, cuanto menos, entretenido. Yo calcé mi tele (80/400) y me puse a disparar, como si de un "franco-tirador" se tratase.

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Desde la terraza del Café de Francia tenía una inmejorable posición para fotografiar con el tele-objetivo.

   Tras la comida decidimos ir hacia la Mellah, que es el barrio judío. Esta situado al sureste de la medina. Atravesamos la plaza y nos dirigimos por la Rue Moulay Ismail hacia la Qasba. Las calles adyacentes, con mucho tráfico por cierto, eran sucias y se notaba la polución provocada por los coches. 

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Actuaciones y un enorme trasiego en la plaza Jemaa el-Fna.

​​​  Según entrábamos al barrio judío, se nos acercó un chico y nos dijo que podíamos atajar entrando por un callejón que él nos iba a indicar. Nos sonó  a encerrona, aunque yo todavía dudaba si hacerle caso o no, hasta que el tipo dijo...

- Por aquí al mercado de especias, sólo hoy está abierto... 

¡! Entonces ya nos dimos cuenta de lo que quería ¡! Menudos liantes... Todavía insistió un par de veces, pero nosotros seguimos por nuestro camino y acabó por cansarse. 

  Las cigüeñas anidaban ya en lo alto de los muros de la Kasbah. Nosotros seguimos callejeando hasta que decidimos volver hacia la zona de la plaza.

Las cigüeñas en su nido.

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Rincones con encanto y puestos de encurtidos y todo tipo de productos para el té a lo largo y ancho de la Kasbah.

​  Poco a poco el sol iba cayendo hacia el horizonte. Preguntamos en un par de sitios donde se podía tomar una cerveza... Todo el mundo nos decía que había que salir al Guéliz para tomar alcohol. El Guéliz (ellos pronunciaban Guiris), es la zona nueva de Marrakech, construida por los franceses durante su ocupación. Parecía que, sin salir de la medina, iba a ser imposible tomarse una, pero al final un hombre en un puesto de comida nos dijo...
- ¿ Beer ? In Tazi Hotel. 
  Y allá que nos fuimos. El Hotel Tazi está situado en la calle Ave Bab Idid, dentro de la medina, justo al final de la calle donde, por la mañana, habíamos cambiado el dinero.


   ¡! Que ratito de relax ¡! Sí, sobre todo para Rosa, tomándose su Heineken tranquilamente sentada en las butacas del hall del hotel... Tras ese descanso y un poco de conversación, intercambiando impresiones y planeando la jornada siguiente, decidimos volver a la medina, para disfrutar del ambiente nocturno en la plaza y sus alrededores. 

La merecida "birra" del Hotel Tazi.

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  La hora azul, preludio de la noche, le iba ganando la batalla al viejo día que languidecía lentamente. Con la referencia visual de la Mezquita Koutoubía, una réplica casi calcada de la Giralda de Sevilla, entramos a la plaza Jemaa el-Fna entre una multitud que iba conquistando el espacio, mientras el bullicio y el griterío iban in crescendo. 
  Cansados de "patear" durante todo el día, dimos una vuelta por la plaza viendo como se iba llenando de gente... Las cocinas de los puestos de comida humeaban, la pitonisa ofrecía leerte el futuro, Mohamed se empeñaba en hablarles a sus cobras amaestradas, acróbatas, músicos, pintores, cuenta-cuentos, vendedores de afrodisíacos, puestos de ropa ambulantes, cerámica, tallas en madera, figuras de piel de camello, todo cabía en la plaza... Ahora me explico de donde sacaron la idea para la escena del camarote de los hermanos Marx. 

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La mezquita de Koutoubia al atardecer.

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La "hora azul" en la plaza Jemaa el-Fna.

  Habíamos comido tarde y no teníamos mucha hambre, así que, compramos un poco de fruta y unos yogures y, acompañados por las inevitables letanías del almuecín, nos fuimos paseando hacia el riad. Comimos algo y descargué las fotos de los dos primeros días. Preparamos todo para la mañana siguiente... Era hora de descansar.

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 Marrakech

  A las 05:30 horas el almuecín, esta vez sí, nos despertó con sus rezos... ¡Qué pesado! Estuvo un buen rato, "dale que te pego"... y por fin, no sé si por aburrimiento o porque terminó de rezar, el caso es que volvimos a coger el sueño hasta las 08:00 de la mañana. Amaneció algo más nublado, pero sin lluvia. La temperatura era buenísima, unos 16º, igual que la víspera.

  Subimos a desayunar a la terraza, no hacía frío. Ismael nos atendió nuevamente de maravilla. Resultó que las dos mujeres que nos saludaron el día anterior eran hermanas. Una vivía en Asturias y la otra creo que dijo en Palencia. Se volvían a quejar de los rezos a esas horas de la madrugada y no les faltaba razón.

  Tras el desayuno, bajamos a lavarnos los dientes y coger cámaras para salir a callejear. El plan para esta mañana era ver las tumbas judías y los Jardines Majorelle, estos últimos en la zona nueva de la ciudad. ​Como la tarde anterior, salimos de la plaza por la Rue Moulay Ismail en dirección a la Qasba. En esta ocasión entramos por la Bab Agnaou, que es una de las puertas principales del barrio judío. Callejeamos por la Qasba, entre puestos de todo tipo, locales de artesanos y niños que iban al colegio. 

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El ticket de entrada a las tumbas.

La mezquita de la Qasba y la calle de acceso por Bab Agnaou.

  Llegamos hasta la puerta de la Mezquita de la Qasba, pero claro, no podíamos entrar. Vimos los jardines que la rodean y nos dirigimos sin demora a las Tumbas Saadíes. Datan de finales del siglo XVI. Allí se pueden ver más de 100 tumbas decoradas con mosaicos. En ellas están enterrados los cuerpos de los sirvientes y guerreros de la dinastía saadí, que en su día gobernaron Marrakech. Fueron abiertas al público en 1917, año en que fueron descubiertas. El edificio más importante de las Tumbas Saadíes es el mausoleo principal. En él está enterrado el sultán Ahmad al-Mansur y su familia. El mausoleo consta de 3 habitaciones, siendo la más conocida la de las doce columnas, en la que están enterrados sus hijos.

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Paseando por las calles de la Kasbah encontramos gatos por todos los rincones... ¡! Me encantan los gatos ¡!

  Llegamos hasta la puerta de la Mezquita de la Qasba, pero claro, no pudimos entrar. Esta mezquita, también conocida como mezquita de Mulay al-Yazid fue construida por el califa almohade Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur entre los años 1185 y 1190, en el apogeo del imperio almohade. Se encuentra en la Qasba, la antigua ciudadela de la urbe, cerca de los históricos palacios reales. A partir de entonces, los gobernantes benimerines comenzaron a enterrarse en un cementerio al sur de la mezquita, convirtiéndose en el cementerio real de la dinastía saadí, lo que se acabaría convirtiendo en las actuales Tumbas Saadíes. A finales del siglo XVI la mezquita fue gravemente dañada por una enorme explosión en una cercana tienda de pólvora, haciendo que el sultán saadí Abdallah al-Ghalib emprendiera en ella las primeras restauraciones. Se modificaron las decoraciones de estuco visibles actualmente con un estilo saadí. Posteriormente, en el siglo XVIII, se restauró la cúpula de madera de la entrada principal preservando la estructura original. Vimos los jardines que la rodean y nos dirigimos sin demora a la siguiente visita.

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Sabias que...

…en una mezquita la qibla se señala con un elemento llamado mihrab, que es un hueco en la pared orientada hacia La Meca. Pues bien, la mezquita de la Qasba, al igual que otras mezquitas almohades levantadas en lugares alejados occidentalmente de Arabia Saudí, como Marruecos y Al-Ándalus, ese punto de referencia tienen una desviación hacia el este de unos 5 grados.

  Las Tumbas Saadíes datan de finales del siglo XVI. Es un conjunto de más de 100 tumbas decoradas con mosaicos. Situadas al norte de la Qasba, pegadas a la pared sur de la mezquita, las tumbas saadíes  datan de los tiempos del sultán Ahmad al-Mansur (1578-1603). A finales del siglo XVII en la época de Mulay Ismael la entrada fue tapiada y no fueron redescubiertas hasta 1917. A partir de ahí, fueron restauradas por los servicios de Bellas Artes de Marruecos.

  El mausoleo principal consta de tres salas. La más famosa es la central con sus doce columnas de mármol blanco de Carrara que sostiene una cúpula de madera de cedro tallada, con su decoración de estuco y maderas pintadas. Esta sala contiene la tumba de Ahmad al-Mansur, su hijo Zidane, y las de sus sucesores inmediatos.

  El segundo mausoleo fue construido por Ahmad al-Mansur para la tumba de su madre Ralla Messauda y es de forma cuadrada con dos salas laterales. Comprende los restos de unos sesenta miembros de la dinastía Saadí, entre los cuales están los de Áhmad al-Mansur y su familia.

  En los jardines que comunican los dos edificios se encuentran tumbas de los soldados y sirvientes. Todo este entorno, por su bella decoración, constituye una de las mayores atracciones de Marrakech. 

  La visita nos llevó algo más de media hora, tras lo cual salimos en dirección a la Qasba. Pasear por el interior del barrio judío es como entrar en un micro-mundo dentro de la medina. 

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La entrada a las tumbas saadíes y algunos de los edificios que hay dentro del recinto.

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Adornos dentro de la sala de las doce columnas en las tumbas saadíes. A la derecha, Rosa y yo posando en la entrada a uno de los edificios.

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La Qasba, un micro-mundo dentro de la medina, nos regaló unas hermosas y coloridas fotografías.

​​  Tras salir del "laberinto" de la Qasba, nos dirigimos a una parada de taxis para coger uno y acercarnos hasta lo Jardines Majorelle, situados al noroeste de la medina. Fueron creados en 1924 por Jacques Majorelle, pintor francés que se asentó en Marrakech en 1919. En un principio sirvieron al pintor como fuente de inspiración, pero en 1947 se abrieron al público. Desde 1980, los Jardines de Majorelle son propiedad de Yves Saint Laurent. Es un espacio bastante grande con multitud de cactus, palmeras, bambú, plantas de jardín y plantas acuáticas.

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Dentro de los Jardines Majorelle encontramos un vergel... Un paraíso verde dentro de la reseca geografía de Marrakech.

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    El pintor tardó cerca de cuarenta años en formar ese espacio. Tras su época de apogeo con Majorelle, el jardín, por problemas económicos del pintor, entró en una imparable decadencia. En 1966 Yves Saint Laurent y Pierre Bergé se encontraron con este espacio en su primera visita a Marrakech, pero, no fue hasta 1980 cuando lo compraron.

  El estudio del pintor se transformó en un museo beréber abierto al público, en el que se exhiben las colecciones personales de Yves Saint Laurent y Pierre Bergé. El lugar se convirtió en la fuente de inspiración del modisto hasta la fecha de su muerte el uno de junio de 2008. Sus cenizas fueron esparcidas en el jardín de las rosas. Actualmente, un monumento que consiste en una columna romana procedente de Tánger colocada en un pedestal, recuerda el paso del artista por este espacio. â€‹

  Después de un relajante paseo por los jardines, cogimos otro taxi para volver a la medina. Nos dejó frente a la Mezquita de la Koutoubia, la cual fue referente para construir la Giralda de Sevilla. Allí, en una cafetería adyacente, nos tomamos un café sentados al sol, en la terraza del exterior y leyendo algo de la historia de esta mezquita...​   

El ticket de entrada a los Jardines Majorelle.

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La mezquita de la Koutubia.

La Koutubia es un edificio para el culto de la religión islámica, edificado en el siglo XII y representativo del arte almohade. Es la mezquita más grande de Marrakech. Se sitúa en el suroeste de la medina y al lado de la avenida Mohamed V.La mezquita está adornada con ventanas curvadas y arcos decorativos y destaca por su alminar, que lo el edificio más alto de la ciudad.   Incluye una aguja y orbes.

  El minarete es el símbolo y punto de referencia de la ciudad y, sin duda, el monumento más representativo de la misma. Fue terminado en el reinado del califa almohade bereber Yaqub al-Mansur y sirvió como modelo para la construcción de la Giralda de Sevilla (España) primero, y de la inacabada Torre Hasan de Rabat.

  El nombre de la mezquita, que literalmente quiere decir “la de los libreros” (kutub en árabe es quiere decir libros) hace referencia a la presencia del zoco de vendedores de libros que se desarrollaba en su base y en el que se instalaban más de cien puestos.

  La mezquita está construida con piedra roja, antiguamente emplastecida y tiene seis habitaciones en sucesión, una sobre la otra. Fue diseñada de tal forma que se impedía que cualquiera mirara adentro desde el minarete a los harenes del rey. Incluso en la actualidad, tales restricciones están reforzadas impidiendo el acceso de 

Google Earth a los marroquíes. Los detalles arquitectónicos de la antigua mezquita y la nueva eran idénticas excepto por la orientación. De ahí que lo que era cierto para una de ellas, lo era para la otra, aunque la primera de ellas ahora esté en ruinas. Está diseñada en un estilo almohade clásico y la torre está adornada con globos de cobre.

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Cuenta la leyenda...

…que el minarete lucía originalmente con tres globos de oro puro. Un día, la esposa del califa Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur, rompió el estricto ayuno del Ramadán durante tres horas, lo que se consideraba una gran falta. Como penitencia, ordenó fundir todas sus joyas personales de oro para crear la cuarta esfera y obtener el perdón divino.

Nota:

A pesar de que el mito popular afirma que están hechas de oro puro, los historiadores confirman que en realidad están fabricadas de cobre.

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Sabias que...

 ...los almorávides y almohades fueron dos dinastías bereberes del norte de África que gobernaron el Magreb y al-Ándalus consecutivamente entre los siglos XI y XIII, unificando el territorio y frenando el avance cristiano. Ambas dinastías impusieron con rigor el islam más ortodoxo y redujeron la tolerancia religiosa de la época de taifas, provocando la huida de comunidades judías y cristianas.

​ Aun así, entre ambos hay diferencias: los almorávides (1086-1147) llegaron como aliados ante la crisis de los reinos de taifas, mientras que los almohades (1147-1232) los sustituyeron con un enfoque teológico más estricto.

* Almorávides (s. XI - XII) Eran rigurosos monjes guerreros de tribus bereberes nómadas del Sáhara. Fueron llamados por los reinos de Taifas tras la caída de Toledo en 1085. Derrotaron a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas (1086) y unificaron al-Ándalus, deteniendo a los reinos cristianos. En el arte, introdujeron elementos andalusíes en Marruecos, con arquitectura militar austera y fortalezas con arcos complejos y murallas de torres rectangulares.

* Almohades (s. XII - XIII) Surgieron como un movimiento religioso beréber iniciado por Ibn Tumart, buscando la "pureza" del islam. Derrocaron a los almorávides, conquistando Marrakech en 1147 y tomando el control de al-Ándalus. Llevaron a cabo una gran expansión territorial, pero, sufrieron un debilitamiento militar tras la batalla de Las Navas de Tolosa (1212). Desarrollaron un arte monumental en Marruecos y al-Ándalus construyendo mezquitas, alminares, torres poligonales y albarranas. Fundaron el "Campamento de la Victoria" en Rabat.

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Un poco de historia:

Marrakech fue fundada en 1062 por Yúsuf ibn Tašufín, primer emir de la dinastía bereber de los almorávides. La ciudad nació como avanzadilla, primero militar y luego comercial, para garantizar a la tribu la supremacía sobre una región de fundamental importancia estratégica, puesto que, por la zona pasaban las rutas de caravanas hacia el África negra a través del Sahara.

  Desde su base de Marrakech, los almorávides consiguieron, hasta el siglo XI, ampliar su dominio sobre todo Marruecos. Marrakech se convirtió en una gran capital amurallada con exuberantes jardines y magníficos palacios y mezquitas, de los cuales hoy por desgracia no queda nada, a excepción de la pequeña Koubba Ba’adiyn. El reino perduró hasta 1147, cuando los almohades –una federación rival de tribus bereberes provenientes de las montañas del Atlas– conquistaron la ciudad después de un largo asedio y la arrasaron, para después reconstruirla. 

  La arquitectura almohade produjo grandes obras, como la Mezquita Koutubia y la mezquita Kasbah, la monumental Bab Agnau y los jardines de la Minara. La ciudad se convirtió en un faro de la cultura islámica, atrayendo célebres pensadores y literarios de todo el mundo árabe.

  Pero después de un siglo de dominio, también la luz almohade se apagó. Las tropas almohades fueron derrotadas en varias ocasiones en España y a su regreso a Marrakech, en 1248, el ejército cayó en una emboscada que le tendió una tribu del desierto, capitaneada por Banu-Merin, que prosiguió su marcha victoriosa hasta Fez, donde fundó una nueva dinastía, la de los benimerines. El último sultán almohade fue definitivamente derrotado en 1276, cuando los benimerines extendieron su dominio por todo el sur de Marruecos.

  Marrakech volvió a ser capital tres siglos más tarde, cuando la tribu de los saadíes, proveniente del sur, destituyó a los benimerines y, en 1549, trasladó de nuevo la corte a la ciudad. Le siguió un periodo de gran crecimiento y esplendor, que hizo de Marrakech una de las ciudades más pobladas del mundo árabe, llena de espléndidos palacios, entre los que destaca el Palacio El Badi. Pero esta dinastía tampoco duró mucho en el poder y a principios del siglo XVII el país se sumió en una guerra civil, que no terminó hasta 1668, cuando un príncipe árabe, Moulay Rachid, subió al trono...      Sus descendientes, todavía a día de hoy, son los que gobiernan el país.

  Tras este ratito cultural, volvimos a entrar en la medina para dar una vuelta por el zoco y buscar el puesto del pescadito frito que habíamos visto la víspera. Si os digo que, es más fácil sentarse en el pajar y clavarse la aguja, que encontrar un puesto ambulante en el zoco de Marrakech, pues igual no me creéis, pero os aseguro que es así.

  Dimos unas cuantas vueltas, calle arriba y calle abajo, pero nada. Cuando pensábamos que hoy tampoco íbamos a comer el dichoso "pescaíto", en un cruce, junto a una puerta que resultó ser una mezquita, nos dimos de bruces con un carro. Un judío, ayudado por un chaval, que, seguramente, sería su hijo, preparaba unos montaditos de un pescado parecido a la anchoa, rebozados en harina de maíz. Tenía mucha clientela que, por cierto, se quedó bastante sorprendida de ver a dos guiris comiendo allí, junto a ellos. Si vas por Marrakech no te vengas sin probar la comida callejera, de verdad que vale la pena.

  Comimos unos "pintxos" viendo ir y venir a la gente. Era un punto de paso entre dos calles del zoco y el personal paraba un momento para tomar un bocado rápido. Más de uno y más de dos, os aseguro que no hubiesen comido allí nunca, pero, doy fe de que el pescado estaba delicioso. Por 30 dirhams (2,70 €) comimos dos personas y nos quedamos bien. 

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El judio en su puesto de "pescaíto frito". Os aseguro que estaba delicioso.

  Luego continuamos nuestro periplo por el zoco viendo los puestos de artesanos en su trabajo cotidiano... Orfebres, tejedores, ebanistas... Pocos se dejaban fotografiar, pero, alguno que otro te daba permiso y había que aprovecharlo. La tarde se echaba encima.

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Los artesanos trabajando en sus talleres. El olor a cuero, madera y metal quemado, invade el zoco por todas sus esquinas.

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Miles de jarrones, platos y lámparas en las tiendas de loza y quincalla por las calles del zoco.

  Luego continuamos nuestro periplo por el zoco viendo los puestos de artesanos en su trabajo cotidiano... Orfebres, tejedores, ebanistas... Pocos se dejaban fotografiar, pero, alguno que otro te daba permiso y había que aprovecharlo. La tarde se echaba encima.

  Tras unas fotos por el zoco fuimos al Hotel Tazi a por la ya habitual cervecita para mitigar la sed. Ese rato de relax nos dejó bastante tirados, ya qué, después de andar para arriba y para abajo, el parón en las cómodas butacas de la cafetería del Tazi hizo que las piernas se enfriasen y acabásemos casi con un estado similar a unas pesadas agujetas...

  Al cabo de un buen rato, a paso lento, nos dirigimos al riad. De camino compramos unos plátanos, galletas  y unos yogures para desayunar algo a la mañana siguiente, ya que debíamos andar temprano. Casi por compromiso, agradeciendo el buen trato de Ismael, habíamos encargado la cena allí, pero, finalmente, nos vino bien, porque yo había pasado toda la tarde con un poco de dolor de cabeza y mi compañera estaba cansada y no nos apetecía volver a salir. El día había estado nublado pero caluroso y ese bochorno, esa pesadez, a la larga, fatigaba bastante. Cenamos tranquilamente y tras dejar todo recogido y pagado nos fuimos a descansar. Al día siguiente tocaba traslado a Fez.

  Había que madrugar...

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 Marrakech - Fez

   Nos levantamos a las 06:50 de la mañana, tras oír la lluvia toda la noche, los rezos del almuecín al amanecer y los pajaritos a la llegada del alba. Hoy nos trasladábamos a Fez. El tren tenía el horario de salida a las 08:20 horas, así que desayunamos los yogures y la fruta de la víspera y a las 07:30 de la mañana salimos del riad tras despedirnos de Ismael.

  Este, amablemente se ofreció a acompañarnos hasta la plaza Jemaa el-Fna, pero le disuadimos ante el chaparrón que estaba cayendo. En la plaza nos esperaba un taxi que nos acercó hasta la estación del tren.

  Llovía como si se hubiese roto el cielo. ​La estación es pequeña, con dos zonas de despacho de billetes, a mano derecha e izquierda de la salida a los andenes. Sacamos dos billetes en primera clase, por los que pagamos 622 dirhams cada uno (28,80 €) y nos pusimos en la cola. Enseguida, en los paneles de información anunciaron 15 minutos de retraso y al final salió 25 minutos más tarde de su hora. Seguía lloviendo, las previsiones meteorológicas que habíamos visto, acertaban de lleno. Según eso, se suponía que en Fez tendríamos buen tiempo, por lo menos...  Sin lluvia.

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El billete de tren Marrakech-Fez.

  No sé si por la lluvia o por qué, pero las puertas de acceso a los andenes estaban cerradas. Las abrieron unos diez minutos antes de la salida. Subimos al tren y al llegar a nuestro compartimento, nos encontramos a tres chavalas jóvenes que ocupaban nuestros asientos junto a la ventana. Sin rechistar se levantaron y ocuparon los suyos, colocándonos nosotros en los que nos correspondían.

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La lluvia acompañó al convoy durante gran parte del viaje.

  Salimos de Marrakech dirección noroeste. Llovía a cántaros. El agua corría por los campos, dibujando en el terreno arterias llenas de vida. La tierra, reseca y sedienta, no era capaz de absorber tanta cantidad de agua y esta, ante cualquier impedimento, saltaba a borbotones dejando claro que no habría impedimento que la detuviese en su camino. Teníamos que salvar una distancia de 550 kms. Para ello, según constaba, tardaríamos ocho horas, puesto que, la hora de llegada era las 16:30. Así qué, habría tiempo para todo, escribir, dormir, revisar las fotos, hablar... Al fin y al cabo, eran sólo ocho horas y después de haber pasado más de diecisiete horas en el tren de India, esto era, como se suele decir, "coser y cantar".

   El primer tramo lo pasamos hablando y, a ratos, cuando mi compañera daba una cabezadita, me dedicaba a escribir el diario de viaje. Luego hice algunas fotos con el teléfono, pero, al darme cuenta de que mi compañera llevaba la cámara a mano, guardada en la mochila, se la pedí y me puse a fotografiar el paisaje, intentando captar los cambios según viajábamos hacia el noroeste, en dirección a Casablanca, en la costa del Océano Atlántico. Las fotografías no son muy buenas por las condiciones en las que se hicieron, pero sirven para poder apreciar esos cambios en el terreno.

​  Tierras áridas de pastoreo, con majadas de cañizo y plástico para cobijarse...

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  Zonas más "ricas" según nos acercábamos a la costa...

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  La costa, con toda la riqueza que aporta...

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​  A medio camino dejamos atrás la capital, Rabat. Allí se apearon las tres chicas que en un principio ocupaban nuestros asientos. Subieron un hombre y dos mujeres. Él era muy serio, callado. Se sentó a mi lado y se colocó unos auriculares. Sacó un crucigrama, en árabe, claro está y se puso a rellenarlo... Viéndolo así, por encima, me parecía muy complicado.

  Una de las mujeres, la joven, sacó un portátil y se puso a estudiar o trabajar... Estos dos nos acompañaron hasta Meknes. La otra mujer se acomodó junto a Rosa y se durmió. Esta nos acompañó hasta el final, es decir, hasta Fez. Tras dejar atrás la capital, el convoy giró hacia el este en dirección a Meknes.

  De nuevo el terreno se tornó árido, aunque en ocasiones se podía ver agua en ríos y algún estanque.

La entrada a la estación de Rabat.

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En dirección a Meknes el terreno volvió a tornarse árido, aunque, de vez en cuando, zonas húmedas aparecían en los campos.

  La climatología estaba "loca"... De pronto se nublaba, como salía el sol. Despejaba y se tornaba oscuro amenazando tormenta... Era un auténtico "tío-vivo" de cambios, pero, finalmente, aguantó sin precipitar. Después, volvió a abrirse  y la tarde quedó bastante despejada.

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El cielo cambiaba de tonalidades a cada pocos kilómetros.

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Al final, la tarde quedó despejada, aunque cargada de nubes.

​  Llegamos a Meknes, la cuarta ciudad imperial de Marruecos... Aunque, lo que se pudo ver desde el tren, daba a entender que sus tiempos gloriosos quedaron atrás.

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Meknes... Antigua ciudad imperial que hoy día ha quedado en el lvido.

  Desde Meknes, el tren se dirigió a su destino final, Fes, en el interior del país. La tierra, aunque con bastantes regadíos diseminados entre pequeñas aldeas, se volvía de nuevo árida... La noche empezaba a asomar en el horizonte.

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La noche empezaba a dibujarse en el cielo de Marruecos.

​  La luz se apagaba, pero aún me dejó hacer unas cuantas fotografías antes de que la noche nos envolviera por completo... Todavía quedaban casi dos horas de trayecto, porque el tren había acumulado más de una hora de retraso. Decidimos ver una película en el portátil, la elegida fue Seven. Yo ya la había visto, pero, a Rosa no le sonaba así que la pusimos, nos colocamos los cascos y pasamos el último tramo del viaje entretenidos con Morgan Freeman y Brad Pit.

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El sol se resistía a "morir" y mostraba sus últimos rayos entre oscuros nubarrones.

  Llegamos a Fez sobre las 18:00 horas. Ya era noche cerrada. En la puerta principal de la estación nos abordó un tipo ofreciéndonos taxi, bueno mejor dicho petit-taxi, que son los que se usan para trayectos urbanos. Había una larga fila, pero, no se respetaba. Allí, el más avispado es el primero que trabaja. Acordamos el precio, 30 dirhams para llevarnos a la Bab Boujloud ó Blue Gate, como también se le conoce. Apenas tardamos diez minutos en llegar a la puerta de la medina. Saqué mi plano y entramos por la preciosa "Puerta Azul".

  Debíamos coger la calle de la derecha, pero nada más entrar, tras pasar una pequeña plaza, se podían ver tres calles. ¡! Joder, en el plano sólo figuraban dos ¡!

  Nada más vernos con el plano en la mano se nos acercó un tipo ofreciéndonos hotel. Tras la negativa, otro chaval se ofreció para acompañarnos. De noche, medio aturdidos, cansados... Accedimos como dos novatos. La calle se adentraba en un mar de callejones cada vez más estrechos, el muy (#### ####), nos llevó por el camino más largo. Llegó un momento que estábamos acojonados. Al final, en un entramado de callejones, por los que apenas cabía una persona, apareció el tipo que nos ofreció un hotel. Yo me temía lo peor, pero, no quería dejar ver lo asustado que estaba. 

- ¡¡ Menuda encerrona !! -pensé.

En ese momento frente a nosotros estaba el letrero... Riad Rocco.

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  Como podéis imaginar nos pidió dinero por sus servicios. Saqué unas monedas y se las di, creo que había unos 50 dirhams. El chaval las miró y dijo que era poco, que la vuelta había sido muy larga. Su socio, que tenía una cara de mafioso que no os podéis imaginar, me dijo:

- Dale más, larga vuelta.

La tarjeta de visita del riad Rocco.

  Como podéis imaginar nos pidió dinero por sus servicios. Saqué unas monedas y se las di, creo que había unos 50 dirhams. El chaval las miró y dijo que era poco, que la vuelta había sido muy larga. Su socio, que tenía una cara de mafioso que no os podéis imaginar, me dijo:

- Dale más, larga vuelta.

  Yo ya estaba muy mosqueado y le dije:

- ¡! Venga, hombre ¡! Nos ha cobrado 30 dirhams el taxi hasta la medina y tú... ¿Quieres más ?

  Entonces, como estaba al lado de la puerta del riad, llamé para que saliese alguien más. Eso les cortó un poco. Entonces entramos a trompicones, mientras el mafioso decía:

- Calle principal aquí - mientras señalaba a su derecha.  

  La calle Tala´a Sghira, la que debíamos haber cogido desde arriba y que bajaba derecha hasta el riad, estaba tan solo a cinco metros. Nos había llevado dando una vuelta enorme, únicamente para decir que había andado mucho. Sin comentarios...

  Después de este pequeño agobio, la entrada al riad nos pareció el paraíso, pero, pronto nos dimos cuenta de que no era así. No tenía nada que ver con el alojamiento que teníamos en Marrakech. El hall era grande y espacioso, pero, el trato de Mohamed no fue el mismo que el de Ismael... ¡! Ni punto de comparación ¡!
  Tras entregarle los pasaportes para el check-in, nos pidió el total del dinero por adelantado, sin tan siquiera enseñarnos la habitación. Le dijimos que le pagábamos al día siguiente porque estábamos muy cansados y queríamos ir a la habitación. Nos acompañó al primer piso, por unas escaleras estrechas y retorcidas, con unos peldaños de más de medio metro de altura. 
  Entrar en la habitación ya fue el remate final. Muy pequeña, sin armarios, sin una mesa para poner las cosas, un espacio frío y "sin alma"...

A Rosa se le calló el alma a los pies. 
- ¿ Pero... cómo has cogido esto ? -me dijo desilusionada.
- Tiene un 9.4 de valoración en Booking -le dije yo... Si quieres nos vamos ahora mismo y buscamos otra cosa.
- No, es igual...
- Dormimos hoy aquí y mañana, de día, antes de pagar, hablamos con el chaval y nos vamos -le comenté.

  La habitación, dentro de lo malo, estaba limpia y teníamos baño privado. Nos armamos de paciencia y tras dejar las cosas y lavarnos un poco, salimos a cenar algo.

​  La calle principal estaba al lado mismo de la entrada al riad...
¡! Malditos bastardos ¡! La vuelta que nos dieron, el susto que nos llevamos y estábamos allí mismo. Bueno, ya había quedado atrás...

Era momento de coger referencias para la vuelta y subir calle arriba para cenar. Fuimos hasta la Bab Boujloud y volvimos a coger la calle Tala´a Kbira. Al bajar habíamos visto un sitio que tenía buena pinta. Era de noche y todo se distorsiona un poco, pero, ya se podía ver que Fez era bastante más sucio y desordenado que Marrakech.

  Al final, nos sentamos en un puesto que regentaba un chaval que preparaba unos bocatas con pollo y verduras. Nos hizo bien, nos relajamos un poco y después, sobre nuestros pasos, volvimos al riad a descansar. El día había sido pesado y su final bastante estresante. 
  Tras una ducha y lavarnos los dientes nos fuimos a descansar, sin muchas ganas de conversación. Era mejor que pasara el día y en la jornada siguiente veríamos las cosas de otra forma...​

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  La Medina de Fez (Fez el-Bali), se considera una de las medinas más grandes del mundo árabe y en su recinto amurallado se conservan importantes monumentos, que nos retrotraen sobre todo a su época de esplendor: los siglos XIII y XIV. 

Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 1981. Su historia como asentamiento, sin embargo, se remonta al siglo IX, ya que fue fundada originalmente entre los años 789 y 809 por la dinastía de los idrisíes.

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Fez

  Tras el bajón de la noche anterior había que reconducir la situación y no dejar que el pesimismo nos atrapase en sus redes. La cama era bastante cómoda y descansamos bien. Subimos a desayunar a la terraza del riad a eso de las nueve de la mañana. El día era bastante fresco, se notaba la temperatura más baja que en Marrakech y había que ponerse algo de ropa. El desayuno estaba

bastante "decente", aunque era algo más pobre que el de Etoile d´Orient, porque no había fruta, ni bollería...

  La mañana era preciosa y nos dispusimos a intentar aprovecharla. Al final, decidimos que nos quedaríamos allí, porque iba a ser problemático salir sin pagar las noches ya reservadas y tampoco era cuestión de tirar el dinero. Acabamos el desayuno, nos preparamos y salimos a callejear. De día, las cosas se veían de otra manera. Esa especie de "rechazo" inicial se había desvanecido y decidimos sacar lo más positivo de nosotros mismos y disfrutar de la estancia. 

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Desde la terraza del riad Rocco se veía la parte moderna de la ciudad.

  Iratxe, una compañera de trabajo, conocedora de la ciudad, me había preparado una guía turística casi personalizada y, decidimos seguirla según sus indicaciones. Salimos del riad en dirección noreste, es decir cuesta abajo por Tala´a Sghira, con intención de llegar hasta la Mezquita Qarawiyine, en el mismo corazón de la medina...

  La vieja medina de Fez es un auténtico laberinto de callejuelas, rincones y pasadizos que, para el primer contacto del viajero, se hacen casi imposibles de seguir. El constante devenir de las personas, el alboroto en los puestos y la ausencia de vehículos a motor, me recordaba a las ciudades de la Edad Media. Pero, cuando te vas haciendo con el entorno, empiezas a situarte y a entenderla. Existen una serie de rutas marcadas con colores diferentes que te ayudan bastante dándote pistas y guiándote en el recorrido seleccionado. De todas formas, a la primera de cambio... ¡! Nos despistábamos ¡!

  Nuestra idea era llegar hasta Attarine, ver la Mezquita y la Madrasa Qarawiyine, quizás pasar por los curtidores y dando una vuelta circular subir por Bab Rcif hasta completar el círculo en la zona sur. 

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Las angostas callejuelas de la medina de Fez son un auténtico laberinto.

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La infinidad de puestos de loza, artículos de cuero, especias, fruta, dulces, etc. "pintaban" las calles de maravillosos colores y dejaban en el ambiente una fuerte mezcla de olores.

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Las carnicerías son también lugares que dan mucho juego fotográfico.

  Pero... Andando, andando, acabamos volviendo cuesta arriba hasta la zona sur, saliendo por la Bab Boujloud, después de haber comprado unos bocatas de pollo y unas patatas fritas en un puesto callejero. 

Salimos por la "Blue Gate" o Bab Boujloud en dirección este, sin rumbo establecido y algo perdidos en la medina. Volvimos a entrar por la Bab Ziat, intentando llegar a la Bab Rcif, pero nos volvimos a despistar por los complicados laberintos. 

   No sabíamos por donde andábamos pero era hermoso. Doblabas cualquier esquina y encontrabas un micro-mundo dentro de aquel ordenado caos o caótico orden, no sabría como definirlo... Pequeñas maravillas que, a primera vista, pasan desapercibidas pero que en su conjunto forman una verdadera poesía visual...

La Bab Boujloud o Blue Gate , principal acceso a la medina de Fez.

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Las estrechas callejuelas de la medina te transportaban desde el "inframundo" a espacios de luz y color.

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De vez en cuando, al doblar una esquina, podías encontrarte con alguna grata sorpresa.

​  De repente, tras dejar atrás una curva cerrada entre dos callejones, aparecieron ante nuestros ojos unos carteles en la fachada de un edificio. Nos acercamos y nos detuvimos a leer. Se trataba del Glaouin Palace...

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  Un niño, sentado en la entrada, nos invitaba a pasar. Pensábamos que era otra encerrona para cobrar algo por nada, pero, en ese momento salió de su interior, acompañando a una pareja de extranjeros, un tipo de lo más curioso. Vestía una túnica de color blanco roto y un turbante hecho con un pañuelo palestino, como si de un auténtico bereber se tratara. Sus babuchas amarillas le daban un toque muy singular. Nos invitó a entrar diciendo que era gratis, que se pedía la voluntad para la conservación del edificio, pero, no se cobraba entrada. El hombre transmitía cierta confianza y junto a nosotros entró otra pareja de alemanes.

​  Tras cruzar el umbral de aquella joya perdida en pleno corazón de Fez, nos encontramos en un mundo de otra época, como trasladados al cuento de "Las mil y una noches".

La trabajada puerta de entrada a Glaouin Palace anunciaba las maravillas que encontraríamos dentro...

  Resultó que, Dar Glaouin, es un palacio del siglo XIX y uno de los edificios más emblemáticos de esta ciudad, sito en la Rue Hamia Douh del distrito suroeste de Fez, en lo que fue el barrio de al-'Uyun, "las Fuentes de agua" de Fez el-Bali, conocido hoy como el barrio de Ziyat que, hasta el siglo XIX, había sido un distrito ajardinado con bastante espacio abierto, lo que atrajo la construcción de varias mansiones nuevas por parte de familias adineradas como los Dar Moqri y los Dar Tazi. El Dar Glaoui fue el primer edificio en Marruecos en tener electricidad y calefacción. Fue, en su momento, la residencia de la familia Glaouin, cuyos miembros más famosos fueron el Gran Visir Madani y su hermano Thami, pasha de Marrakech.

  La mansión era un complejo palaciego con hasta doce casas y numerosos anexos e instalaciones, incluyendo hammams (baños turcos), escuelas coránicas, establos, un cementerio y amplios jardines. La sección más grande del complejo se centra en un gran patio interior que cuenta con un estanque rectangular con una fuente central, flanqueada por otras dos fuentes que brotan de estanques más pequeños. La decoración del palacio refleja la riqueza de la familia Glaoui y presenta lo mejor de la artesanía marroquí de la época, como azulejos zellige, madera pintada y estuco tallado.

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Sabias que...

…la diferencia entre una escuela coránica y una madrasa reside en lo que en ella se estudia. Mientras la escuela coránica, únicamente enseña el Corán, en la madrasa se puede aprender, además del Corán, jurisprudencia islámica, la lengua árabe, teología y otras materias religiosas. Algunas madrasas, además, incluyen la enseñanza de matemáticas y ciencias.

  En la actualidad, la construcción, aunque rehabilitada, está bastante deteriorada. La visita, guiada por aquel personaje, de nombre Abdelkhalek Boukhars, te permite comprobar cómo era un palacio árabe tradicional, con un patio central y su indispensable fuente, (que en la actualidad está seca), más una serie de arcos a su alrededor que daban acceso a las diversas estancias. Abdelkhalek nos fue enseñando todo. Hablaba, además del árabe, francés, algo de inglés y algo de español, así que nos fuimos entendiendo sin problemas.

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Cada maravillosa puerta que se abría, daba paso a un mundo de arte y fantasía, como si estuviésemos en la historia de "las mil y una noches".

  Es posible ver maravillosos mosaicos en las diferentes estancias del palacio, así como elementos arquitectónicos decorativos en todas ellas y algunos objetos originales. En la actualidad este palacio también es el estudio de Abdelkhalek Boukhars, donde muestra algunas de sus pinturas y es, por tanto, otro de los alicientes a tener en cuenta. Además, vende sus obras de arte.

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Las tallas en las columnas de piedra, los artesonados de madera y las vidrieras de infinitos colores me hacían volverme loco...

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A lo largo y ancho del palacio, encuentras preciosos salones con todo tipo de detalles.

  Lo cierto es que la visita resultó bastante interesante y amena. El conjunto, en general, con sus estancias organizadas por áreas temáticas, nos fue desvelando como vivía, en épocas de un esplendor ya pasado, la gente pudiente de la ciudad. Elegantes portones, exquisitas molduras, techumbres de madera y mosaicos interminables. A pesar de las condiciones de abandono en las cuales se encuentra, vale la pena visitarlo, porque te traslada automáticamente siglos atrás. Nos despedimos de nuestro anfitrión y le dimos 100 dirhams por la visita. El hombre en ningún momento nos pidió cantidad alguna, simplemente pedía la voluntad.

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Abdelkhalek en uno de los salones donde expone sus trabajos.

  Salimos del palacio y giramos a la izquierda con intención de llegar a Bab Rcif. Volvíamos a saber que estábamos perdidos por el laberinto de la medina y guiándonos únicamente por la intuición y el sentido de la orientación, fuimos caminando en dirección noroeste. Al principio las calles eran anchas y abiertas al cielo, pero, según íbamos bajando, nos adentrábamos en preciosos y claustrofóbicos callejones estrechos. Sin saberlo, habíamos bajado hasta una plaza junto a Bab Rcif. Pero, cansados de patear, decidimos sentarnos a la sombra de un frondoso árbol a comernos el bocadillo de pollo y las patatas fritas que traíamos guardadas.

  Relajadamente, viendo el ir y venir de los hombres a la mezquita adyacente, los niños jugando a fútbol y las mujeres acarreando pesadas bolsas, nos sorprendió el mediodía. 

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La parte este de la medina la ocupa el barrio Bab Rcif.

​  Estábamos sentados en una plaza frente al Café Rsif, así que, tras dar cuenta del sabroso bocadillo, nos dirigimos a él para beber algo y tomarnos un café. El local era enorme, con dos grandes plantas cuadradas. En la planta baja, a mano derecha, un largo mostrador dejaba ver una colección de bollería y pastelería que me puso "los dientes largos". Nos sentamos en la terraza a pie de calle y pedimos una botella de agua y dos cortados. Mientras venía el camarero, me levanté y pedí unos pasteles parecidos a unos "macarons", dos de almendra y dos de chocolate. Luego, me senté mirando a la calle y monté el teleobjetivo en la cámara. Con el 80-400 calzado, me "aposté" cómodamente en mi sitio y empecé a seleccionar mis "piezas"... Insisto en que es una pena tener que andar con el teleobjetivo, perdiendo así la posibilidad de acercarte a la gente y poder hacer retratos de primer plano, a unos rostros con muchas cosas que contar en sus arrugas, en sus ojos de mirada profunda, a veces triste, a veces dolorosa, a veces alegre y vivaracha...

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Algunas de las fotografías que hice "apostado" en el Café Rsif.

Es una lástima la "tozudez" de los musulmanes con el tema de la fotografía, porque, los modelos que vimos eran impresionantes.

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  Tras el café decidimos coger un petit-taxi y subir al Borj Nord a ver la puesta del sol. El taxista, al vernos con las cámaras al cuello, nos dijo que si queríamos hacer fotos era mejor subir hasta otro lugar y al recibir la respuesta afirmativa nos dijo que nos llevaba a las Tumbas Meriníes porque, desde allí, la vista era mejor. Yo ya había visto la ubicación de ese lugar sobre el plano turístico y por eso accedí sin reparos.  Por supuesto el lugareño tenía toda la razón...

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Parte de la gran medina de Fez. A la derecha, en primer plano, las tumbas Meriníes.

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En primer plano, con los tejados verdes, la madrasa y la mezquita Qarawiyine.

​  La tarde avanzaba a pasos de gigante. Tras contemplar aquella impresionante vista y hacer algunas fotos, decidimos bajar dando un paseo. En realidad no sabíamos que estábamos tan cerca de la Kasbah Nouar y la Bab Segma, una de las entradas por el lado oeste a la gran medina, junto al cementerio musulmán.  Una kasbah, en realidad, es un espacio fortificado de origen bereber. Al amparo de sus altos muros, la kasbah, era el lugar donde las personas se protegían contra los ataques de intrusos, pero también donde podían protegerse de las tormentas de arena. Estas construcciones forman parte de la arquitectura tradicional marroquí. 

Un puesto de "txutxes" camino de la medina.

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Niños pastoreando en la colina del Borj Nord.

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  Al ser generalmente de planta cuadrada, se sitúan en las esquinas de la zona amurallada. Están hechas de ladrillos de adobe, es decir, arcilla, estiércol o barro y paja, piezas que después de secadas al sol, puede durar siglos.

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El cementerio musulmán de camino a la medina.

​  En un abrir y cerrar de ojos estábamos de nuevo en la medina. El bullicio de sus callejuelas, las especias, los gatos, los puestos de carne, frutas y verduras... La noche caía sobre la ciudad y, cansados de andar todo el día, decidimos ir poco a poco para el riad. Volvimos a pasar por Bab Boujloud y entramos al zoco para comprar un poco de fruta para cenar en la habitación.

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La jornada festiva terminaba en el zoco.

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El joven que trabajaba tallando la lápida.

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La Bab Boujloud en la hora azul.

  Era viernes y la gente había tenido día festivo, pero, ahora ya se empezaba a notar que la jornada estaba acabando. Un joven trabajaba en el tallado de un encargo para una lápida. Paciencia y precisión en cada golpe de martillo y cincel, para configurar una pequeña obra de arte.

   Tras dar una vuelta viendo unos puestos de calzado llegamos al riad. Descargar las fotos, conectar el wifi para ver los mensajes de la familia, una ducha, comer lago y... A descansar.​

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Fez

  Nos despertamos sin prisas, era tarde para lo que estamos acostumbrados, porque, perezosos, nos levantamos a las nueve de la mañana. Subimos media hora más tarde a desayunar. La mañana estaba algo más fresca que la víspera, aunque se veía que vendría un día sano, seco y soleado. Mohamed, nos puso un desayuno idéntico al de la víspera, pero, en esta ocasión, nos dijo si

queríamos una tortilla. Ante la negativa, apareció con las típicas tortitas y una jarra de zumo de naranja industrial. Cargamos las pilas mientras comprobábamos los mensajes del teléfono. Luego, con ritmo caribeño, bajamos a la habitación para lavarnos los dientes y coger las cosas. El plan era dar una vuelta por la medina y después ir al barrio judio, a la Mellah, entre la medina y la zona nueva.

  Una vez salimos a la calle, optamos por bajar, nuevamente, por Tala´a Sghira, en dirección a Attarine. Pasamos por la Mezquita Al-Qarawiyine, pero, claro, no nos dejaron pasar, es acceso está sólo permitido para los musulmanes. A mí me dijeron que podía entrar al patio central, pero, mi compañera no podía pasar. Ella me animó a entrar y pasé un momento para hacer unas fotos. 

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Distintas vistas desde el patio interior de la Mezquita Al-Qarawiyine.

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Detalles de algunas de las inscripciones de las paredes.

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Sabias que...

…la mezquita Al-Qarawiyine es conocida por albergar la universidad más antigua del mundo y es uno de los más importantes centros de aprendizaje islámico. El sultán Abú Inán dotó a la su universidad de una biblioteca con un contenido muy rico que en 1613 llegó a superar la cantidad de 320.000 obras y manuscritos. Fue entonces cuando estudiantes y sabios comenzaron a desplazarse hasta Fez, convertida en capital de la ciencia y el conocimiento del Magreb.

  Hoy en día la biblioteca aún conserva más de 30.000 obras, entre las que se incluyen algunos ejemplares raros y manuscritos únicos en el mundo.

  La Mezquita Al-Qarawiyine, fue construida en el siglo IX, concretamente sus obras se iniciaron el año 859, bajo el mandato de Fátima al Fihriya y se mantiene en continuo proceso de expansión desde su edificación. Es también conocida como Al-Qarawiyyin o Al-Qaraouine y es uno de los mayores complejos arquitectónicos de Fez. 

  A pesar de la notable extensión de la mezquita, resulta difícil encontrarla, ya que, con el paso de los siglos, las casas del barrio han cubierto el perímetro del edificio ocultando su forma. Al igual que ocurre con el resto de las mezquitas, por lo menos en Fez, sólo pueden acceder al interior de ellas las personas pertenecientes a la religión musulmana, por lo que los turistas deben conformarse con el pequeño espacio que se puede vislumbrar desde la puerta.

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Metidos de lleno en el hervidero de las callejuelas de la medina.

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  Una vez salimos a la calle, optamos por bajar, nuevamente, por Tala´a Sghira, en dirección a la Madrasa Attarine, en el zoco de las especias. Construida entre 1323 y 1325 bajo las órdenes del sultán Abu Said, la Madrasa Attarine es la escuela más bonita de Fez. Fue una de las principales escuelas de la religión coránica en las que los estudiantes podían residir durante sus estudios.

Debido a que una gran parte de las clases tenían lugar en la Mezquita Al-Qarawine, la mayoría de las madrasas de la ciudad se situaron en sus alrededores. Permaneció en uso hasta principios del siglo XX, cuando los 60 estudiantes que se acomodaban a lo largo de las 30 habitaciones tuvieron que abandonarlas definitivamente.

  La madrasa se extiende en torno a un patio abierto en cuyo centro se alza una imponente fuente de mármol. Al final del patio, una cúpula de madera de cedro con abundante ornamentación cubre la sala para la oración en la que se puede contemplar el mihrab señalando la dirección de la Meca. Las paredes de la madrasa están decoradas con preciosos mosaicos sobre los que se encuentran inscritas algunas frases del Corán a modo de decoración.

​  Pero, claro, no nos dejaron pasar. A mí, como en la mezquita, me dijeron que podía entrar al patio central, pero, mi compañera no podía pasar. Hice una foto desde la puerta de entrada y seguimos. No me apetecía que siguiesen discriminando a mi compañera por razón de sexo. Esos pensamientos tan arcaicos deberían ir desapareciendo de todas las culturas y religiones...

La Madrasa Atterine desde la puerta de entrada.

​  Continuamos callejeando pero, esta vez sí, dimos con las señales de la ruta roja. Seguimos sus indicaciones para llegar hasta la Bab Rcif. Nos dimos cuenta en qué punto nos habíamos despistado o confundido el día anterior y seguimos calle abajo, dirección norte. 

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Caminando por el zoco de las especias.

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Cientos de gatitos viven o sobreviven  por las calles del zoco. Comen de lo que les da la gente y mantienen la zona limpia de ratones...

  Llegamos hasta Sahat Yaddouna, un pequeño ensanche o plaza por donde cruzamos el río. Rosa, encontró en un puesto junto al puente, el fular de color salmón que andaba buscando, de buena calidad y a un precio muy bueno. 

  Salimos a la Plaza Rcif, por la puerta Bab Sid L´aouad y, desde allí, pudimos ver de cerca la majestuosidad de la torre de la Al-Qarawiyine. Habíamos disfrutado de un bonito paseo, metidos de lleno en el corazón de la medina. Ahora, en la plaza, cogeríamos un petit-taxi para ir a visitar la Mellah, el barrio judío de Fez.​

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La entrada a la mellah, el barrio judio de Fez, por la avenida Maoulay Semmarine.

  La mellah es el barrio judío, una especie de distrito de esta comunidad, situado en Fez Yedid, también llamada Fez la nueva, fundada en el s. XIII por los benimerines. El término mellah hace referencia al barrio donde residían los habitantes judíos, separados de los demás habitantes musulmanes dentro de este ghetto rodeado por altos muros. Muchas ciudades marroquíes tienen o han tenido históricamente su propio barrio judío, si bien la mellah de Fez, creada en 1438, es considerada el barrio judío más antiguo del país.

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Sabias que...

...la palabra melh significa -sal- en árabe y mellah significa -lugar donde se conservan los productos con sal-. Se cree que se les asignó ese terreno, porque allí no crecería nada de lo que se plantase, al estar la tierra quemada por la sal. El significado derivó hasta ser sinónimo de -barrio judío- dado que el primero construido, la mellah de Fez, ocupaba una zona reservada al comercio de la sal. En el pasado este barrio reunía toda la población judía de la ciudad que, con el paso del tiempo, ha ido abandonando el lugar y se encuentra mucho más repartida por la toda la urbe. Hoy en día la comunidad que allí habita es prácticamente musulmana.

​  La belleza de su arquitectura, con sus paredes blancas y balcones exteriores con enrejados de hierro forjado, no tiene nada que ver con el estilo típicamente musulmán, de fachadas lisas y sin balconadas. 

​  Atravesamos la calle principal, viendo los puestos de caftanes, especias, zapatos, bolsos, verduras... Rosa se compró unos zuecos blancos que son una maravilla de suaves y cómodos. Tras atravesar la calle de lado a lado, fuimos a parar a una plaza en la parte trasera del Palacio Real, lugar de residencia de sultanes construido en el siglo XIV y uno de los más imponentes y antiguos de todo el país. Desde allí accedimos, bajando unas escaleras, a unos preciosos y refrescantes jardines que rodeaban un lago lleno de garzas.

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Los jardines eran como un oasis en el desierto... Un auténtico vergel en mitad del barrio judío.

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Rosales, estanques, palmeras y aves... Además, Rosa entre las rosas; era como el cuento de "las mil y una noches".

​  Recorrimos los jardines disfrutando de la frescura del entorno y fuimos a parar al lago. Allí, nos sentamos un rato al sol. Se estaba de maravilla, se agradecían las caricias del astro rey en la cara, porque calentaba pero no picaba dada la altura del año en la que estábamos. Vimos a los niños jugar, a las parejas agarrarse de la mano (eso de besarse en público no está bien visto )... Turistas haciéndose fotos, etc. 

  Charlamos un buen rato y decidimos ir a comer al restaurante La Noria, otra sugerencia de mi compañera Iratxe, que nos había puesto sobre la pista. Allí, comimos una pastela, unas brochetas de cordero con cus-cus, un postre de naranja con canela y un café.​​

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La parte trasera del restaurante con la vieja noria que le da el nombre.

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La terraza del restaurante y los platos que comimos.

​  En las proximidades del barrio se pueden contemplar algunas sinagogas tradicionales, como la sinagoga Habanim, cerca del cementerio judío, que dan muestra del pasado del barrio. Después de desesperarnos intentando dar con la sinagoga y desistir finalmente, en plena hora dorada decidimos bajar andando hasta el riad.

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Una familia cogiendo agua en un pozo del barrio judío.

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Bab Riafa, la puerta de acceso a la mellah.

  No había pérdida, bajábamos por Batha, dejando atrás la Bab Riafa y accediendo a la medina por su parte sureste. Tras la caminata nos dirigimos derechos al riad. Al día siguiente debíamos volver a Marrakech y había que recoger todo. Además, el día había sido largo, lo habíamos exprimido bastante y el cansancio se notaba. Rosa se quedó en el riad y yo bajé a hacer un par de recados.... Comprar comida para picar algo y recoger unos zuecos que teníamos encargados en una tienda junto a nuestro alojamiento. A mi regreso, cenamos y dejamos todo preparado.

  Era hora de descansar, a la mañana siguiente debíamos andar espabilados.​

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 Fez - Marrakech

  Volábamos a las 12:25 con Air Arabia, pero teníamos que hacer el check-in, porque no nos había dado opción de hacerlo on-line. Habíamos calculado que estando hora y media antes en el aeropuerto nos daba tiempo para arreglar el embarque y, como íbamos sin facturar, todo sería más rápido. El aeropuerto de Fes se encuentra situado a 17 kms al sur de la medina, una media hora en

coche. Había que coger un taxi y calcular el margen para no llegar tarde... Así qué, decidimos salir del riad a las 09:30 horas como muy tarde. A las 08:30 subimos a desayunar a la terraza. Como todas las mañanas anteriores, no había fruta, pero yo había guardado un par de yogures, un kiwi y un plátano para cada uno. Luego unas tostadas con mantequilla y un café, nos dieron la energía para arrancar. 
 
El Riad Rocco está situado en pleno corazón de la medina pero, yo desde luego, no lo recomendaría a no ser que lo que busques sea un entorno un poco "hippie" o algo así. 

El Airbus 320 de Air Arabia que nos llevó de vuelta a Marrakech.

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  Para nosotros, el precio de la estancia allí no se correspondía para nada con la calidad del servicio y las condiciones del establecimiento, pero bueno, eso va en cuestión de gustos. Las valoraciones que encontré en Booking no se correspondían con lo que nosotros vimos...
Lo dicho:
NO LO RECOMIENDO.

   Tras despedirnos de Mohamed, salimos a la hora prevista y nos dirigimos a la Bab Boujloud para coger un petit-taxi. Resulta que para los trayectos de largo recorrido, es decir, fuera del casco urbano, no se pueden utilizar los taxis pequeños, pero al decir que queríamos ir al aeropuerto, uno de los taxistas nos ofreció su coche y nos dijo que por 120 dirhams nos llevaba. Montamos y salió por Bartha, dirección sureste. Llamó por teléfono y quedó con otro taxista en un punto. Al llegar, cambiamos de taxi a uno de los grandes y nos llevó hasta el aeropuerto. ¡¡ Menudo show con tal de no perder el viaje !!
    Bueno, todo en orden. A las 10:20 de la mañana estábamos en el aeropuerto de nombre Fes-Saïss. Andábamos muy bien de tiempo... Pasamos los controles, nos dirigimos al mostrador de Air Arabia, nos dieron las tarjetas y pasamos a la zona de embarque sin ningún contratiempo. Ya solo era cuestión de esperar...

​  El vuelo salió puntual y sin ninguna incidencia. A las 13:30 horas, llegamos a Marrakech. Esta vez, la salida del aeropuerto de Ménara fue algo más rápida. Al salir, un taxista nos pidió 250 dirhams ( unos 25 € ), por llevarnos hasta el Hotel Racine, en la parte nueva de la ciudad, a apenas 6 kms de distancia. Este se pensó que llegábamos de nuevas al país y nos la quería clavar...

   Al final, tras negociar con otro taxista, quedamos en que nos llevaba por 100 dirhams y a eso de las 14:30 estábamos en el hotel. El Racine, según Booking, es un tres estrellas, pero tenía servicios de uno de cuatro.
- Aire acondicionado
- Caja fuerte
- Plancha...

  Bueno, para ser un hotel "de paso" no estaba nada mal... Nos registramos, subimos a dejar las cosas y salimos a disfrutar de un último escarceo por la medina de Marrakech. 
La tarde era maravillosa. De nuevo sol y una temperatura excelente para disfrutar de la última jornada.

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Las calesas por la avenida con la mezquita al fondo.

  Por la Avenida Ave Med V, las calesas y los tuc-tucs, conviven con los coches, autobuses, carros y bicicletas... En poco más de quince minutos andando estábamos en la plaza Jemaa al-Fna. Nos adentramos en el zoco buscando, de nuevo, el puesto del "pescadito frito" con la intención de comer allí. De paso, algunas compras finales para gastar los últimos dirhams. 

  Era medio día y la gente aprovechaba para hacer un pequeño alto en la jornada. Cualquier sitio es bueno para descansar, como lo acredita la foto de arriba...

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La hora del descanso, tanto para el personal como para los animales de tiro.

  Anduvimos por el zoco disfrutando del último paseo. Encontramos la esquina donde el judío nos deleitó con el pescadito, pero en esta ocasión no estaba. Seguimos caminando calle abajo hasta que, al salir a la parte abierta del zoco, nos encontramos con un puesto de pescado, en una de las calles principales que cruzaba de este a oeste. Era bastante tarde como para comer, pero el hombre nos atendió gustosamente.  Por sólo 5 € (precio para los dos), comimos:

- dos fuentes con pescados variados y salsa de tomate con un punto de picante

- dos platos con ensalada

- dos platillos con aceitunas y unas guindillas

- agua y pan

​

​   La gente del lugar seguía a sus quehaceres, mientras la tarde avanzaba sin compasión. Tras la comida y un poco de reposo, charlando en la sobremesa, decidimos poner rumbo hacia la plaza. 

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Distintas fotografías del último paseo por la medina.

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​  De camino nos encontramos con un simpático personaje. Un gatito que nos hizo parar porque, desde el asiento de una motocicleta, nos llamó la atención con sus maullidos sacándonos una inevitable sonrisa. No pude por más que hacerle algunas fotos y ello provocó una de las últimas anécdotas del viaje. Nada más terminar las fotos, se me acercó por detrás un tipo voceando... 

- ¡¡ Sir, amigo..., 10 dirhams cada foto !!

- ¡¡ Vamos, no me jodas !! -me salió desde lo más interno de mi ser...

- 10 dirhams por foto -volvió a decirme.

- Vale que pidáis por posar vosotros, pero, que me quieras cobrar por fotografiar al gato... ¡! Venga, hombre ¡!

- No dar dinero, traer mala suerte -me dijo cabreado.

- Vale, vale... yo mala suerte, pero, tú te quedas sin dinero... Y seguimos caminando calle arriba mientras él juraba y maldecía.

   Tras esta anécdota sin importancia, pero ejemplo de la realidad, volvimos a entrar al zoco mientras el crepúsculo nos envolvía en su diaria ceremonia. El cielo comenzó a "arder" y el fuego teñía de colores ocres la tarde-noche en la medina.

  La mezquita de la Koutubia se alzaba altiva en un precioso contra-luz mientras, en la plaza Jemaa el-Fna, los olores de los guisos que preparaban en los puestos ambulantes, mezclados con el olor de las especias y los ungüentos, creaba un ambiente mágico. 

Este es el minimo... ¡! Que se luzca en la red ¡!

Farolillos hechos a mano para colgar las velas.

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La "hora dorada" dio paso a la noche en la plaza Jemaa el-Fna transitada por cientos de personas. Era la última mirada antes de abandonar el mundo mágico de la medina.

​  Música de todo tipo, bailes y cuentos de la gente del desierto, pócimas milagrosas, arte en cualquier soporte, cacharros, jabones, especias, frutas, dulces, ropa... Rostros maduros y jóvenes, burkas y sugerentes peinados, mil y una historias en las mil y una noches de Marrakech...
  Así, poseídos por el embrujo de ese inagotable ritual, fuimos dejando atrás la medina. Nos dirigimos a la avenida principal y giramos a la derecha camino del hotel.
  El folklore, el bullicio de la gente y el olor a los guisos fue desvaneciéndose en el aire, dando paso al sonido de las bocinas, el ruido de los motores y el olor a gasolina. En apenas doscientos metros dos mundos completamente distintos...

​

  Tras un relajado paseo hasta el Hotel Racine, sólo quedaba recoger todo y descansar. Hicimos las maletas antes de darnos una confortable ducha. Cominos algo de fruta que habíamos comprado y nos relajamos viendo un programa en la TV, sobre el lago Uru Uru, en el altiplano de Bolivia. El cansancio fue llamando al sueño y nos abandonamos a los caprichos de la mente, dejando vía libre a las aventuras neuronales que, cada noche recorren nuestro cerebro, trasladándonos al mundo de los sueños.​

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 Marrakech - Santander - Astigarraga

  El viaje llegaba a su final. El vuelo de regreso salía a las 14:00 hora local. Nos quedaban unas horas para desayunar, revisar todo y partir hacia el aeropuerto. Ryanair nos había avisado de algunos problemas y demoras en la facturación de los vuelos de salida del país. Teníamos la carta de embarque impresa y no íbamos a facturar pero, por si acaso, decidimos andar con margen.

​  La víspera comentamos que igual nos daba tiempo de hacer una última incursión por la medina y el zoco pero, entre la pereza al levantarnos, un tranquilo y relajado desayuno y lo innecesario de andar agobiados, nos tomamos la mañana con calma y partimos dando un paseo hasta la plaza Jemaa el-Fna. Allí cogimos un taxi hasta el aeropuerto y... ¡! Menos mal ¡!
Al llegar, rellenamos la hoja de salida (que pesados) y nos dirigimos al control para entrar en la zona de embarque. La policía nos dirigió a la ventanilla de Ryanair para que sellásemos la hoja impresa, cosa que no habíamos visto nunca. Ahora entendíamos el porqué de esos problemas, ya que, sin necesidad de facturar, te obligaban a guardar cola en el mostrador de la compañía, para sellar la tarjeta de embarque.

Ménara, el coqueto aeropuerto de Marrakech.

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El Boing-737 que nos trajo de vuelta.

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La info del vuelo de regreso a España.

​​​  Por fin pasamos los controles de equipaje y pasaportes y ya en zona internacional, nos tomamos un café y compramos alguna cosilla en el "dutty free".  A las 13:25 se abrió el embarque por la puerta B8 y puntualmente despegamos rumbo Santander.

  Con las montañas nevadas del Atlas en el horizonte y la árida planicie a nuestros pies, el vuelo, amenizado por dos o tres niños pequeños que lloraron durante todo el trayecto, incluso a coro en algunas ocasiones, se hizo de lo más "ameno" y, como se suele decir, en un abrir y cerrar de ojos, tras ver el estrecho de Gibraltar desde el aire, estábamos en Cantabria.

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El estrecho de Gibraltar desde el aire.

​  Vine algo decepcionado por la escasa "cosecha fotográfica" pero contento de haber pisado otro país y otro continente. El mundo es de todos y para todos y en la diversidad está su hermosura. Viajar es enriquecedor y conocer otras culturas hace que podamos valorar lo que somos y lo que queremos ser. Invertir el dinero en viajes es enriquecedor tanto cultural como personalmente. Ahora a preparar la próxima aventura, quien sabe, tal vez Tailandia, Irán, Senegal...

 ¡! Viajar ¡! ... Esa terrible adicción.

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As-salam aleikom !!​

​​​© F. J. Preciado 2017

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